Como en una especie de madriguera horadada por túneles y agujeros que se conectan, Babel, la última película de Alejandro Iñárritu, el director de Amores Perros y 21 gramos, pretende igualmente narrar y relacionar diversas tramas que mantienen vínculos entre sí. A veces, soterrados; otras, visibles.

La incomunicación es uno de ellos.

Aparece la dificultad, en primer lugar, de comunicarse, de entenderse y de relacionarse por culpa de la lengua y de las palabras. Los personajes están perdidos ante idiomas que no conocen (adultos americanos y europeos entre marroquíes, un par de niños americanos entre mexicanos), pero también ante idiomas maternos llenos de lagunas  para transmitir el afecto o el dolor. Pienso en el personaje del padre (interpretado por Brad Pitt), quien cuando llama a casa para hablar con sus hijos siente que las pocas palabras que puede decir le delatarán, y calla y escucha entre lágrimas. El caso más extremo sería el de la chica sordomuda, protagonista de la historia ambientada en Japón, que sufre el aislamiento y la incomunicación, no sólo porque se ve obligada a usar un código comunicativo que no todos conocen, sino porque aunque lo conocieran, no le permitiría expresar  lo que siente. La chica  se aferra a la escritura, aunque ésta es otra forma más de distancia y de alejamiento de la emoción, la cual, (según la película) se siente más cerca gracias al contacto, ya sea placentero o doloroso. Las palabras, como diría Cioran, son poco fiables.

La incomunicación, además, crece por las barreras culturales y sociales: los turistas occidentales que miran desconfiados y temerosos toda una legión de signos y de códigos que no conocen y que perciben como hostiles; los propios marroquíes, que miran cuatelosos reacciones que tampoco comprenden. El padre, que responde con incredulidad ante la negativa del chico marroquí a aceptar su dinero por la ayuda recibida; los niños americanos sólo pueden pasar del asombro al susto ante una cultura, la mexicana, que les resulta ajena y llamativa y extraña, pese a que les separan unos pocos kilómetros de frontera. Barrera cultural que también se da, creo, en la mirada del propio espectador ante numerosos escenarios, narrados más con la mirada buscadora del exotismo y la diferencia que con la naturalidad del que vive allí. ¿Fallo o resultado deliberado? La película se recrea, de hecho, en algunos lugares comunes sobre las propias culturas (la celebración de la fiesta entre los mexicanos, el culto a la imagen y a la modernidad en Japón, la omnipresencia del culto religioso en Marruecos), que quiero entender como una tendencia permanente del propio espectador: inmersos en nuestra propia cultura y en nuestras pautas de interpretación, no podemos evitar mirar con ojos extranjeros a la cultura diferente. El propio Iñárruti (y, a través de él, el propio espectador) es un turista, por más que diga el director que hizo grandes esfuerzos en integrarse en los países desde los que filmaría. Porque no lo podía evitar. Porque es inevitable que sea así.

Pero esta incomunicación cultural no siempre es interferencia o desacuerdo, sino que estalla en numerosas ocasiones en violencia y, sobre todo, en imposición por la fuerza del discurso del dominante al que está oprimido, al que está al otro lado de la frontera, al que no tiene de su parte el estatuto de la Ley. Por más que el anciano bereber intente decirle al policía que no tiene nada que ver con el rifle, él sólo recibe agresiones por parte del que está en posesión de la Ley y, por tanto,  en posesión del derecho a comunicarse; lo mismo sucede con la mujer mexicana, quien, aunque intenta hacer razonar al policía y hacer valer sus derechos, sólo recibe el castigo y, finalmente, la deportación… De hecho, la frontera funciona como un territorio simbólico de la incomunicación violenta (parecido a como sucedía en aquella película de Winterbottom), pues siempre la controla un personaje kafkiano que impone la Ley mediante la ruptura comunicativa (el policía no escucha en ningún momento a los mexicanos que retornan a Estados Unidos, aunque tengan todos los papeles en regla) o incluso mediante la violencia (la pistola a punto de ser desenfundada como amenaza, los disparos contra los chicos marroquíes antes de oír sus explicaciones, la violencia como recurso habitual de persuasión).

Y, finalmente, como ecos inmensos de la incomunicación y el malentendido, surgen de fondo las pantallas de televisión que interpretan rápidamente el accidente fortuito que sufre la turista americana (Cate Blanchett) como un ataque terrorista contra americanos. Relatos mediáticos de odio y miedo y amenazas que llevan las inevitables diferencias culturales hacia la hostilidad y el enfrentamiento, parece contarnos la película, y lo que es un error absurdo es interpretado y comunicado como odio. Endiablada función la que le asigna la película Babel a los medios, a los que se les suponía la función de la comunicación, y que actúan muchas veces como mensajeros del miedo.

Afortunadamente, quedan acciones y relatos y testimonios como esta película que, efectivamente, nos recuerdan lo inmensa y lo profunda que es la incomunicación. Para poder afrontarla. Para poder enfrentarnos a ella.

*Para leer una reseña más ceñida a los contenidos cinematográficos, os recomiendo el análisis de esta película que ha escrito el bueno de Ottinger en su blog.

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